EL CASTILLO Y 
EL LOBIZÓN 
(Adaptación)
 
de María Esther de Miguel
 


Lo sé porque me lo contó uno de los palitos, el menor, los otros días, ante unas copas de caña y con una voz que apenitas se oía, la historia ésta, la historia del castillo. O del lobizón, si ustedes prefieren, que es lo mismo.
Yo cuando llegué no sabía nada. Mejor dicho, un comedido, al enterarse del viaje, me había anticipado: "Ojo con ese pueblo, amigo: mire que tiene un castillo embrujado con un lobizón adentro y todo". Y nada más. Pero ahora que sé aquello que el pago ignora, estoy peor que antes, porque no sé qué hacer. Al principio pensé contárselo al comisario. Después me dije que no era justo quitarle al pueblo ese misterio que lo prestigia, que le da personalidad, digamos. Después me convencí a mí mismo: "No te metás, hermano; hacéme caso, no te metás..." Y por eso, por lo otro y por lo de más allá, escuché al palito y después de mucho cavilar me callé la boca.


***

Claro que el castillo de este pueblo es un castillo muy singular, sin torres, ni almenas, ni foso, ni puente levadizo. Es, digamos, lugareño: "a la entrerriana". Pero, a pesar de estas singularidades, no se podría decir que la casa ésta sea excesivamente distinta a las otras del pueblo. Sin embargo, poco a poco la casa ésta comenzó a diferenciarse de las demás y hacerla otra cosa: para la gente era "el castillo"; o mejor "el castillo del lobizón".
Porque el dueño de la casa era Luigi Concetto, el hijo de uno de los iniciales pobladores de la zona, don Carlo Concetto. Luigi era el hijo, entonces, de aquel italiano patriarcal, pero el hijo séptimo, y los seis que lo precedían, todos varones.
Tal vez este dato, para alguno alejado de la zona, no tenga mayores resonancias, pero para quien está iniciado en el mágico mundo de las cábalas lugareñas, resulta un signo nefasto. Porque el último de los siete hermanos varones, siempre sale lobizón.
Y así resultó: Luigi Concetto -el Luigi- fue lobizón. Aparentemente, claro está -como auténtico lobizón que era-, llevaba una vida normal realizando tareas rurales. Pero aún haciendo aquello que otros hacían -sus hermanos y la otra muchachada del pueblo-, aún así el Luigi era ante los ojos de la gente, distinto, como si sobre él pesaran fuerzas oscuras; lo cierto es que el Luigi, poco a poco, fue como desprendiéndose de los otros, como haciéndose menos semejante a los demás, más personal: más lobizón.


***

Un día el Luigi se enteró, por un extraño azar, de la historia del monte situado en la cuchilla. La historia era muy vieja, y él la escuchó por vez primara, en un boliche del paso de Las Piedras, a cierto arriero que venía de Corrientes trayendo un ganado.
El arriero arriesgó el croquis acerca del lugar en que estaría un fabuloso tesoro escondido en lo más intrincado del monte, que había pertenecido al contrabandista, pero que sería de quien diera con él, porque el contrabandista hacía ya más de cincuenta años había caído bajo las manos de dos matreros por eso, por el tesoro; lo esperaron un día a la llegada del rancho y lo dejaron cosido a puñaladas. Nadie vio nunca ese tesoro que se sabía estaba aunque se ignora dónde.
Cuando el Luigi oyó esto, compró aquel rincón del monte, con sus árboles apretados por viejos y salvajes, y los miserables restos del sucucho que había sido del contrabandista , y comenzó allí a levantar la casa que, abrumada por la humedad, maltratada por los años o vaya a saber por qué, concluyó vieja y centenaria antes de tiempo.
Para esa época el Luigi ya estaba libre de ataduras, como disponible, digamos, para entregarse al extraño designio que los astros le habían señalado. El padre ya había muerto. Los hermanos, uno a uno, tomaron rumbos distintos.
Cuando el Luigi quedó solo, se replegó más sobre sí mismo y redujo su universo al pedazo de monte que había heredado junto a la costa del Gualeguay y al castillo amarrado a ese otro monte que había sido un día del contrabandista.
Sin prisa, se entregó a la búsqueda del tesoro que era patrimonio suyo aunque no pudiera gozar de él más que desde una confusa y apretada esperanza.
Y fue como si el castillo se lo hubiera tragado. Afuera, entretanto, se intensificaban los rumores, crecían las anécdotas alimentadas por los frágiles vistazos que recogía la gente: se lo veía hosco, huraño, con la rubia barba crecida y los ojos ajenos, como de alucinado; en el castillo, por las noches, se advertía una extraña figura vagando, o luces desplazándose en la oscuridad, colándose por el tupido ramaje que rodeaba el castillo.


***

Crecieron las conjeturas y miedo que la gente elaboraba a partir de los signos o datos que les transmitían quienes por azar o valentía habían podido acercarse al misterio, y que un día no fueron tan inciertos porque los trajo un muchacho, Abel, el más inteligente del pueblo, que hasta estudiaba en la Normal de Gualeguay y sólo iba al pueblo en vacaciones. Y había sido en épocas de vacaciones cuando el muchacho éste junto con otros de su camada hicieron una apuesta sencilla pero arriesgada: acercarse al castillo en la medianoche de un día viernes para acechar los pasos del Luigi.
Agazapado entre los matorrales, con la mano pronta sobre el pequeño cuchillo y los oídos alertas a los compases nítidos de un golpear discontinuo que venía rodando desde el centro del monte, y que el Abel oyó con la sangre casi congelada en las venas, y que después dejó de oír, no porque los golpes cesaron, sino porque todos sus sentidos quedaron primero fascinados y después detenidos por el horror frente a la figura que descubrió y miró y volvió a mirar y que después no pudo mirar porque se lanzó a la carrera hacia el camino y siguió corriendo, hasta que la calle murió de un sopetón frente al boliche donde lo esperaban los otros muchachos del pueblo, que supieron entonces por referencias de él, de Abel, lo que él mismo había visto: la figura de una mujer vestida de blanco, con el renegrido pelo hamacándose al viento y una luz singular contorneando el perfil de su cuerpo.
Al otro día todo el pueblo supo aquello, el coraje, al Abel, le había durado un momento, pero el cuento del coraje toda la vida; pero nadie sabía lo otro, lo que sólo sabía el Luigi: que desde hacía unos meses en el castillo no estaba solo porque había una mujer.


***

La trajo de un rancho cercano al rincón desde tenía su ganado. El Luigi la había mirado una vez un día, y después varias veces otro día, y después le dijo:"Juana, te venís conmigo". La muchacha sabía que alguna vez tendría que irse de allí, porque el rancho era chico y los hermanos muchos, y además, el destino de una mujer era ése, seguir a un hombre. En los meses siguientes, el hombre le contó la historia del tesoro escondido en un rincón del monte que circundaba la casa, y la incorporó a esa tarea de rastrear la espesura en que estaba empeñado y realizaba durante noches y noches, para después desaparecer jornadas enteras, porque se marchaba a la costa para dar una ojeada a su hacienda.
Y fue en una de esas ausencias cuando la Juana vio al Chacho Pedreira. Era un resero que llevaba ganado para Ceybas, y que esa noche vio filtrándose entre la espesura la claridad de una lámpara. Y de puro curioso nomás se arrimó saltando los alambrados y después empujando la puerta que bajo la presión de la mano crujió con ruido de madera reseca, asustándolo a él y a la Juana, que miró despavorida la figura alta y mandona, y la cara cuadrada bajo el bigote espeso, y los ojos relucientes como la ristra llena de monedas de plata que le apretaban el cinturón.
La Juana, esa noche, supo que los hombres, afuera, aún conversaban, y no se pasaban los días y los días, como el Luigi, sin decir una sola palabra. Supo también que dos ojos oscuros pueden alborotar la sangre y pesar sobre la propia carne aunque ya no estén presentes y sean sólo un recuerdo y una esperanza.
Y volvió a ver al Chacho, primero en el monte y luego ya adentro de la casa, porque de tanto no verlo al Luigi le perdieron el miedo.
Más adelante, cuando llegaron las lluvias del invierno, y ya casi se habían olvidado que el Luigi existía, lo vieron venir una noche y detenerse al borde mismo de la cama: el Luigi fue a desenfundar su cuchillo, y los ojos del Chacho, indefenso sobre la cama, se iban hacia el rincón donde veían asomar el suyo, inservible entonces entre los pliegues de la bombacha, la Juana se abalanzó sobre el hombre que estaba de pie, y con la cuchilla grande, la que usaba para picar carne y cortar bifes, y a veces con el Luigi mismo, le dio un golpe y después otro y otro, hasta que advirtió la sangre escurriéndose por los ladrillos.
Esa noche, al pie de un viejo ceibo hicieron los dos -el Chacho y ella- un pozo profundo, y después pusieron allí el cuerpo del hombre. Ellos se fueron hacia el castillo. La Juana como quien marcha a su casa, y el hombre, como aceptando ese juego del destino que le entregaba, inesperadamente, una mujer y un lugar, y tal vez algo más: una misión.
Por las noches se siguieron viendo luces que se desplazaban entre los árboles, y la sombra de una mujer desconocida cruzó bajo la mirada de un caminante, y los extraños golpeteos durante la serenidad de la noche poblaron la superstición de la gente que se repetían entre sí: "Caray con el Luigi éste, que está cada día más lobizón".


***

Las cosas siguieron lentas y sin altibajos durante meses y meses, como marcha una máquina cuando tiene todas las piezas colocadas donde deben estar.
Pero un día la frágil estructura se quebró. Fue cuando llegaron los carnavales. El Cacho esa noche, inesperadamente, dijo: "voy a bajar al pueblo" ; y la mujer lo ayudó a disfrazarse, porque, razonaron, no podía aparecer allá como el hombre que había sido y ya no era, el Chacho Pedreira, a quien tantos conocían, y por lo mismo comenzarían sus averiguaciones. En cambio, si llegaba como quien era entonces, el Luigi Concetto, nadie diría nada porque desde siempre lo habían esquivado.
Cuando la Juana lo vio con las ropas que habían sido del muerto, por un momento titubeó, como si de pronto se le hiciera realidad eso y sólo un sueño fuera lo otro, los meses pasados junto al resero no estaban allí , porque allí sólo permanecía él, el Luigi Concetto. Y fue él quien bajó al pueblo, se perdió en la multitud que llenaba la calle principal y se aturdió con la música y las risas que parecían silenciarse cuando lo veían pasar a él, el Luigi, porque ni en esa oportunidad los del pueblo se olvidaron que era un lobizón.
Más tarde, cuando el Chacho apareció en la puerta de la cocina, sonriente, sin el disfraz, la Juana lo miró asombrada, como lo había mirado aquella primera noche; hacía ya más de seis años; y fue como si el tiempo se corriera para atrás, y se repitiera aquella escena. Entonces la Juana hizo lo que debió hacer y no hizo aquella noche: tomó la cuchilla grande, la que utilizaba para picar carne y cortar los bifes, y a veces con el Luigi, y ella sola dio un golpe rápido y certero que repitió sobre el Chcho una y otra vez, hasta que advirtió la sangre escurriéndose entre los ladrillos del piso.
Como quien repite los pasos de una lección ya sabida, la Juana arrastró el cuerpo, y cavó al pie del viejo ceibo, y allí dejó la figura rígida y helada del Chaco Pedreira. Y después se fue al castillo como la otra vez.
Tampoco eso fue advertido en el pueblo, porque ellos estaban aferrados a un mito, leyenda o costumbre que seguía vigente, ya que permanecían las luces extrañas en la oscuridad de la noche y los ruidos incomprensibles.


***

Todo esto nadie ni siquiera lo imaginaba en ese pueblo que vive custodiando el encierro del Luigi. A mí me lo contó, como he dicho, uno de los palitos (los llaman así porque vinieron al mundo idénticos y crecieron parejos. Son siete: siete varones).
Según parece, la Juana, con el correr de los años, se cansó de manejar sola la pala, ya estaba poniéndose vieja. Entonces, para un carnaval, hizo lo que había hecho el Chacho: bajó al pueblo con las ropas del Luigi. La gente se abrió como dándole paso, pero alguien no tuvo miedo, la miró, siguió su vagabundeo hasta que consiguió conversar con quien creía era el Luigi y supo después que era esa mujer inexistente para el pueblo. Era uno de los palitos: el último.
Cuando el palito me contó esto, subrayó, con frialdad y lucidez, el aspecto tentador que tenía la cosa: el castillo, viejo y todo, era una casa de veras; la hacienda, y sobre todo el monte, es decir, el tesoro del contrabandista, y agregó: "Además, está la necesidad de ser lo que somos... ¿me explico? De estar cada cual con su cada cual..."


***

La figura del castillo, más viejo y ladeado que nunca, acaba de pasar frente a mí, más allá de los alambrados y los vidrios cubiertos de polvo de este destartalado colectivo que me lleva a Gualeguaychú.
Junto con el ruido del coche, que marcha a los resoplidos, desde adelante me llega la voz del conductor explicándole a una forastera, con el desgano de quien ha dicho muchas veces lo mismo.
-Sí, es el castillo. Hace añares allí está encerrado un lobizón.

FIN